Por Luis Fernando Meneses
Hace ya 21 años que murió el escritor y humorista israelí Ephraim Kishon, quien dedica gran parte de sus escritos al humor y de hecho lo hace constantemente, pues como parte de su autoría se encuentran varios libros de cuentos en los que realiza sátiras de historias cotidianas. Justamente uno de esos libros que, por cierto, resguardamos en el CDIJUM es Pobrecito Goliat (1968), del cual elegimos su relato “Una boleta gratuita” y decidimos compartirlo con todas y todos, a manera de homenaje para recordarlo en su aniversario luctuoso.
A continuación, les dejamos este divertido cuento.
Una interrogante que se plantea continuamente es éste: ¿cómo se siente uno cuando vive en un país donde son todos hermanos? O sea, donde el ministro de Defensa es judío, el presidente de la Corte Suprema de Justicia es judío, y el policía de tránsito también es judío. Y en verdad, especialmente cuando se trata de este último, es agradable saber que el que extendió la boleta e tránsito no es un goi desconocido sino un hombre de nuestra propia sangre, nuestro hermano, el policía de tránsito. Es inevitable que de vez en cuando se practique igualmente un pequeño fratricidio.
¿Te gusta el chisme? Déjanos contarte algunos que tenemos en el CDIJUM
Una boleta gratuita
Las ráfagas de viento cálido del desierto cubrían las veredas con dunas de arena. Por otra parte, el café estaba flojo y tibio. A través de la ventana de cristal del bar Ervinke contemplaba la batalla por la vida que se libraba afuera. Era un día monótono, igual al de ayer o al de antes de ayer. Los rezongos de los automovilistas veteranos se elevaban a los cielos, pero sus lamentos se estrellaban contra la indiferencia pétrea de los policías de tránsito.
-¡Ya basta! -exclamó Ervinke y se levantó bruscamente-. ¡Vamos a iniciar una acción policial!
Yo pagué y nos encaminamos directamente hacia el destacamento de policía más próximo. Ervinke le preguntó al agente de guardia:
-¿Dónde puedo denunciar una infracción de tránsito?
-Aquí – respondió el agente-. ¿Qué sucedió, señor?
-Me metí con mi auto por la calle Shlomo Hamelej – empezó Ervinke-, y lo estacioné en la esquina de King George.
– Sí, – dijo el agente-. Lo escucho. ¿Y qué sucedió luego, señor?
-Me volví a ir.
-¿Se fue?
-Sí, me fui y me olvidé por completo de esa historia. Pero luego pasé casualmente por la escena del crimen y de pronto se me cruzó por la cabeza: “¡Santo cielo, la parada!”
-¿Qué parada?
-¡La parada del ómnibus! ¿No sabe que hay una parada de ómnibus en la esquina de Shlomo Hamelej y King George? ¡Agente! ¡Estoy casi seguro de que estacioné a menos de doce metros de allí!
El agente parpadeó.
-¿Ese es el motivo por el que vino, señor?
-Sí -se desesperó Ervinke-. Al principio no quise hacer nada. “Estacionaste sólo media hora”, me dije, “nadie te vio, así que, ¿qué te importa?” Pero entonces empezó a atormentarme la conciencia. Volví a la calle Shlomo Hamelej y conté la distancia en paso. ¡Eran nueve metros, cuanto más! Comprendí que nunca podría recuperar la paz espiritual si no me entregaba a la policía. Y ahora estoy aquí. -Ervinke concluyó su confesión y me señaló con el dedo-. Este es mi asesor jurídico.
-Hola -dijo el agente, y se alejó un poco de su escritorio-. Puesto que ningún policía lo vio, esta vez ha tenido suerte, señor y no lo multaremos por haber trasgredido las señales de tránsito.
Ervinke se puso serio.
-¿Qué significa eso de que “ningún policía lo vio”? -gritó-. ¿Y si mañana alguien me matara y ningún policía estuviera allí para presenciar el crimen, mi asesino quedaría en libertad? ¡Debo confesarle que la suya es una actitud extraña, agente!
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El agente empezó a bizquear.
-Señor -dijo-, ¿quiere hacer el favor de dejarme en paz?
-No, amigo mío! -exclamó Ervinke golpeando el escritorio-. ¡Pagamos impuestos para que la policía garantice el orden público! ¿O acaso -agregó, con mordaz ironía-, mi delito ha prescripto después de mediodía?
-Está bien, señor -siseó el agente, y con la cara arrebolada abrió su libraco de actas-.
¡Deme todos los detalles!
-Como usted quiera -respondió Evinke-. Tal como dije, yo estaba conduciendo por la calle Shlomo Hamelej, o por lo memos eso es lo que creo, porque no estoy muy segur. Sea como fuere…
-¿Estacionó cerca de una parada de ómnibus?
-Quizá sí, es muy posible que lo haya hecho, pero en realidad fue solo por un segundo…
-¡Usted dijo que se apeó del auto!
-¿Dije que me apeé del auto? Quizá dije que volví al auto. Sí, quería… ahora lo recuerdo… solo quería ver qué le pasaba al motor. Ese es el motivo por el que me detuve. ¿Tengo yo la culpa si algo se descompuso? Dígame, ¿tengo yo la culpa? ¿La tengo?
-¡Señor!- gruñó el agente-. ¡Señor!
-Escuche -gimió Ervinke, abalanzándose sobre el agente-.No podría dejarlo pasar por esta vez, de veras? Le juro que a partir de ahora seré más cuidadoso. Nunca volverá a suceder.
Déjeme ir por esta vez, por favor…
-¡Señor -rugió el agente, salga de aquí!
-¡Gracias, gracias! -jadeó Ervinke y me arrastró hasta la calle. A nuestras espaldas, el agente se desplomó convertido en una piltrafa.
Cada cual debe hacer su parte, ¿no es cierto?
¡Antes de que te vayas! Te dejamos otro cuento de Ephraim Kishon
Kishon E. (1968). Pobrecito Goliat. Editorial Candelabro, Buenos Aires. Disponible en la biblioteca del CDIJUM. pp. 78-81.




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