Centro de Documentación e Investigación Judío de México
Un cuento de Ephraim Kishon para leer durante la cuarentena

Un cuento de Ephraim Kishon para leer durante la cuarentena

Por Luis Fernando Meneses

Seguramente te has encontrado con escritores que te han sacado una sonrisa con sus relatos, sin embargo, pocos como Ephraim Kishon para pasar un rato muy divertido leyendo alguno de sus cuentos.

Por ello, decidimos compartir contigo una de las historias incluidas en su antología Arca de Noe. Clase turista, una edición de la colección “Raíces”.

Se trata de “Maullidos en La Mayor”, una situación que tiene lugar en un vecindario y que contiene el humor clásico de este escritor israelí. ¿Te imaginas que una situación similar pasara en tu vecindario o en el edificio donde vives?


Maullidos en La Mayor

Anoche me acosté temprano, porque tenía la intención de levantarme a la mañana siguiente a las 9:30. Me dormí inmediatamente, pero no había transcurrido una hora y media cuando me despertaron en forma brusca.

–Queremos dormir –gritó una voz en la que crepitaba el odio–. Son las diez pasadas. ¡Apague esa radio! ¡Idiota!

Poco a poco, los ocupantes de las casas linderas también se despertaron. Las luces se encendieron en las ventanas del vecindario. El almacenero que vive justamente encima de nosotros armó un megáfono con un diario y exigió que fuera respetada la nueva disposición contra ruidos molestos. Salah, el vendedor de hielo yemenita que vive en la vereda de enfrente, mencionó varias veces a Ben Gurión, lo que constituía un claro indicio de su extremada agitación. Por mi parte, me puse rápidamente la bata porque me encanta ver reñir a la gente. Este es un rasgo personal mío muy humano.

–¡Silencio! –rugí en medio de la noche–. ¿Dónde está el comité del edificio? ¡Comitéééé!

Adalbert Toscani, que es presidente de nuestro comité domiciliario, se asomó al balcón de su departamento y enérgicamente masculló algo entre dientes.

–¿Qué está esperando? –lo aguijoneamos–. ¿Qué está esperando? ¿Usted es o no el presidente? ¡Haga algo… llame a la policía! En estos días es fácil que a uno lo sentencien a un año de cárcel por perturbar de este modo la tranquilidad general.

–Un momento –exclamó Toscani–. Si ustedes siguen armando tanto barullo, no podré oír de donde proviene el ruido.

Nos quedamos callados y descubrimos que la música brotaba del último departamento de la planta baja.

–¡Los maullidos! –gritó Salah–. ¡Hagan cesar esos maullidos! ¡Ben Gurión!

Toscani se paseaba nerviosamente de uno a otro extremo de su balcón. Su aspecto era cualquier cosa menos heroico y si lo habíamos elegido era sólo porque tenía muy buena letra y era muy humilde.

–Apaguen inmediatamente… por favor… lo digo en serio… –balbuceó el presidente. Nada sucedió. Los jirones de música siguieron flotando audazmente entre las casas de la cuadra. Toscani comprendió que estaban en juego su prestigio, su destino, su futuro y la felicidad de sus niños, de modo que agregó enérgicamente: –¡Si no termina con esos maullidos, llamaré a la policía!

Ese fue un momento de tensión: la autoridad chocaba con la rebeldía.

De pronto la música subió en tono, se abrió una puerta y el doctor Birnbaum, alto funcionario de la Oficina Nacional de Turismo, apareció en el umbral.

–¿Quién es ese ignorante –preguntó el doctor Birnbaum con voz de trueno–, para quien la Séptima de Beethoven es un maullido?

Silencio. Profundo silencio sepulcral.

El nombre de Beethoven repercutió a través del espacio, penetró en los huesos de los moradores y fue absorbido por sus sistemas nerviosos como si fuera un veneno de acción rápida. Toscani se volvía hacia uno y otro lado, con una expresión asustada y vidriosa en el semblante. Por mi parte, retrocedí un paso, dando a entender de este modo que no me identificaba con el presidente. Mientras tanto, la música celestial seguía sonando discretamente.

–¿Quién es el que cree que la Séptima es un maullido? –insistió el doctor Birnbaum, libando hasta la última gota en la copa de su triunfo absoluto–. ¡La Séptima de Beethoven!

Los vecinos se revolvían inquietos, inmensamente turbados, hasta que el malicioso almacenero susurró en medio de la noche, tratando de disimular su voz:

–Fue Toscani…

–¡Felicitaciones! –se burló el doctor Birnbaum, y volvió junto a su radio con paso elástico e irónico. Su comportamiento destilaba una indescriptible superioridad cultural. Toscani quedó abandonado en la arena de combate, solo y postrado.

–Estaba tan enojado –murmuró en tono de disculpa–, que sencillamente no me di cuenta de que se trataba de Beethoven…

–¡Chist! –sisearon desde todos lados–. ¡Silencio! No se puede oír la música…

¡Vae victis! Toscani se retiró a su perrera, vencido. Nosotros seguimos embobados, maravillándonos con el genio eterno del supremo Titán musical. La mayoría de los vecinos se instalaron confortablemente en sus reposeras, y con los ojos sensualmente cerrados se abandonaron por completo a los acordes inmortales. Yo levantaré la vista hacia el firmamento tachonado de estrellas y pronuncié –con extraordinaria lentitud y humildad– una sola palabra:

–Beethoven!

Y esta palabra fue más elocuente que todo un libro.

Sólo Salah, el yemenita, y su esposa Etroga, siguieron susurrando entre ellos.

–¿Quién es ese? –preguntó Etroga.

–¿Quién?

–Ese caballero… ¿cómo es que se llama?… Betovi…

–No lo sé…

–Debe ser alguien poderoso si todos le tienen tanto miedo.

–Ben Gurión –manifestó Salah–. Ben Gurión.

–Santo cielo –exclamó Etroga–. ¿Entonces por qué gritaste tanto?

–Todos gritaban.

–Que los otros hagan lo que quieran, pero tu permiso comercial no está en regla. ¿Has olvidado lo que le ocurrió a Salem cuando abrió su bocaza en la bolsa de trabajo?

Salah estaba asustado.

–Maravillosa –gritó a voz en cuello, para que todos lo oyesen–. Es una música maravillosa…

El hijo del químico, Uri, que había sido despertado por el profundo silencio, salió al balcón y chilló:

–¡Maullidos!

Inmediatamente su papá le pegó una bofetada. Nosotros aprobamos sin reservas esta actitud, porque un niño al que no se inculca desde edad temprana el debido respeto a la música clásica, nunca podrá convertirse en un miembro útil de la sociedad y estará condenado a terminar en el patíbulo. El profesor que se alojaba a nuestra derecha, y que no se hablaba con su esposa desde que había reñido con ella cuarenta años atrás, compartía ahora pacíficamente la misma ventana con su media naranja. La música de Beethoven había vuelto a unir a los esposos distanciados.

Toscani se esforzaba visiblemente por corregir su anterior torpeza, y tarareaba extasiado la melodía mientras resoplaba de puro deleite.

–Por favor, doctor Birnbaum –exclamó de pronto–. ¿No podría levantar un poco el volumen de esa música? Apenas se la puede oír desde donde yo me encuentro.

La música aumentó de volumen.

–Muchas gracias.

Esa noche todos los vecinos de la cuadra permanecieron sentados junto a las ventanas, como miembros de una gran familia. Nos amábamos los unos a los otros.

–Qué extraordinario es ese rondó –mustió el químico, que tenía una buena preparación musical y cuyo hijo estaba estudiando la armónica–. Aunque ahora que lo pienso mejor, debería decir que es sólo un scherzo…

El almacenero se indignó de que alguien pudiera confundir el rondó con el scherzo. La esposa del profesor repitió varias veces: “La Mayor, La Mayor”. Salah salió para el scherzo. Yo tomé disimuladamente la guía de conciertos y la abrí en la página correspondiente a la Séptima. Esta guía es un folleto muy útil que puede ser ocultado con facilidad sobre el regazo.

–Naturalmente –comenté–, la Sinfonía en La Mayor es una obra maestra digna de Beethoven. Los acordes fragorosos de la introducción se repiten en diversas formas antes de llegar al tema principal del primer movimiento. Algunos críticos modernos han encontrado defectos en el modo de expresar la coda.

Yo sentía que mi prestigio estaba creciendo a pasos agigantados. Sabía que siempre me habían subestimado, engañados por mis modales sencillos. En consecuencia, los fuegos de artificio de mi sorprendente virtuosismo musical resultaron doblemente efectivos. (La hija del jardinero que vivía en la vereda de enfrente envió a su hermanito a buscar los gemelos para teatro). Sólo el químico hizo un débil esfuerzo por contradecirme.

–No hay nada de malo en la coda –musitó el viejo tonto–. Ni siquiera Bartok podría haberla compuesto mejor…

Seguí hojeando la guía.

–No olvide –le endilgué–, que el cuarto movimiento es fogoso, casi frenético e irresistiblemente tumultuoso en la final, furiosamente poderoso en su arremetida.

La cuadra yacía postrada a mis pies. Esos fueron momentos portentosos para la fama de Beethoven y la mía propia. Así debía ser el Nirvana.

–Bach tampoco está tan mal –comentó el químico con voz muy débil, para salvar su prestigio.

La melodía volvió a repetir el tema principal, el acorde prolongado de los instrumentos de viento interpretó un dúo con el crescendo de las cuerdas, y entonces el incomparable idilio musical desembocó en su final.

Un profundo suspiro de deleite se elevó por el aire, hubo un momento de silencio, y a continuación se oyó la voz del locutor.

–Acaban de escuchar la suite de Yohanan Stockler En los Pozos de Naharia, interpretada por la banda de los bomberos voluntarios de Petaj Tikva. En la segunda parte de nuestro concierto de la noche transmitiremos grabaciones de música clásica. Nuestra primera grabación será la Séptima Sinfonía en La Mayor, de Beethoven.

Silencio. Un ominoso silencio.

La figura encorvada de Toscani se irguió súbitamente hasta quedar rígida como una estacada.

–¡Maullidos! –rugió, con un regocijo maniático en la voz–. ¿Me oye, Birnbaum? ¿Usted llama a esto Beethoven? ¡M-a-u-ll-i-d-o-s…!

La indignación se propagó entre los vecinos como un incendio de bosques.

–¡Beethoven! –chilló la esposa del profesor-. ¿Qué nos tiene reservado para después, Birnbaum?

Salah apretó el brazo de Etroga.

–Nos engañaron –dijo–. Fue otra de sus tretas.

–La policía llegará dentro de un minuto –respondió Etroga–. Salah, no hemos visto nada.

–Ben Gurión…

Pero en el barrio sólo se oían risas irónicas, aliviadas. Ese pobre doctor Birnbaum será el hazmerreír de todos nosotros por el resto de su vida.

-Fin

Referencia:

Kishon E., (1988), Arca de Noe. Clase Turista, Buenos Aires, Milá, p. 14-19.

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