Centro de Documentación e Investigación Judío de México

Varian Fry: Salvador de intelectuales judíos (parte 3)

En 1940, Marc Chagall, Max Ernst, Hanna Arendt y Heinrich Mann, entre muchos otros miembros de la crema de la cultura europea, se vieron rodeados por los nazis en el sur de Francia. Fueron salvados por Varian Fry, un norteamericano vanidoso y solitario. En total, fueron rescatados 1,500 intelectuales y artistas.

En el primer número de la revista Zéjel, en el invierno de 1996, apareció un texto  de Donald Carroll titulado Varian Fry: Salvador de intelectuales judíos, en el que se narra la interesante historia sobre este personaje norteamericano cuya labor salvó la vida de algunos intelectuales en peligro debido a la persecución de los nazis.

A partir de hoy, cada semana compartiremos contigo una parte de este interesante texto. Aquí tienes la segunda entrega.

Varian Fry: Salvador de intelectuales judíos (3a parte)

Donald Carroll (Transcripción por Carmen Peña)

Si te perdiste la primera o segunda parte de este serial, puedes checarlas aquí:

Primera parte

Segunda parte


Había que establecer una fachada para la operación y, si fuera posible, obtener autorización oficial. Fry fue a ver el secretario–general de la Prefectura y le explicó que tenía planes para operar un centro de asistencia norteamericano que ayudaría a los refugiados. Ya sea porque los planes parecieron lo suficientemente inocentes o porque en su terno a rayas y con su siempre presente pañuelo de seda y flor en el ojal Fry parecía inocente, el secretario–general le dio su bendición. Pocos días después se abrió el centro norteamericano de socorro en una abandonada fábrica de carteras en la Rue Grignan.

Allí, desde temprano en la mañana hasta entrada la noche, Fry y sus dos asistentes entrevistaban a los refugiados. La información básica de cada persona y además el nombre de una persona que pudiera verificarla se anotaba en una tarjeta.

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El mayor problema era encontrar una ruta de escape. La más obvia, por mar, era también la más peligrosa. Los barcos que estaban disponibles a menudo no eran seguros y el tráfico que entraba y salía de Marsella estaba sujeto a estrictas restricciones. Aún más, las flotas italianas y alemanas patrullaban el Mediterráneo.

Solo quedaban los Pirineos. Aunque reiteradamente los españoles y los portugueses habían desmentido su neutralidad en su voluntad de acomodarse a Hitler, aún estaban dispuestos a permitir que los refugiados viajaran por su país con visas de tránsito, en tanto tuvieran un destino final como los Estados Unidos. El problema era cómo salir ilegalmente de Francia, es decir, cómo cruzar la frontera sin una autorización para entrar a España legalmente.

‘Sonrisal’ había combatido brevemente en una unidad republicana de Barcelona durante la guerra civil española y sabía que en las montañas ubicadas sobre Cebére, una aldea de pescadores cerca de la frontera con España, los puestos fronterizos franceses y españoles que estaban ubicados de tal modo que ninguno de ellos podía ver al otro. Era posible, dijo Fry, subir las montañas por el lado francés sin ser visto por los guardias y a la vez lograr alcanzar la instalación fronteriza española, en la que era imperativo estampar el pasaporte con una visa de entrada.

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‘Sonrisal’ dibujó un esquema para Fry. Este mapa trazado en un pequeño trozo de papel arrugado se convertiría en un documento crucial de la historia cultural de nuestros tiempos.

También se necesitaban otros documentos más formales, como un carné de identidad que debía de portar toda persona que se desplazara por Francia y, desde luego, un pasaporte. Fry debió comprar un gran número de pasaportes y carnés de identidad en blanco, y buscó un falsificador competente que los pudiera convertir en documentos hábiles.

Para forjar los documentos contrató los servicios de un diminuto y alegre caricaturista austriaco llamado Bill Freier, quien había escapado a Francia cuando los alemanes invadieron Viena en marzo de 1938 y pasaba los días dibujando retratos de personas que transitaban por Vieux Port y las noches en la habitación de su hotel adulterando pasaportes. Tomaba un pasaporte obtenido en el mercado negro (generalmente belga u holandés, ya que era menos probable que fuesen examinados) y, con una hoja de afeitar, retiraba cuidadosamente la fotografía original y la reemplazaba por una de la persona que usaría el pasaporte. Luego, con un pincel muy fino reproducía meticulosamente el timbre que legalizaba el documento. Finalmente, “lo envejecía” con algunas gotas de agua, ceniza de cigarrillos y lija fina.

Continuará…

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