Centro de Documentación e Investigación Judío de México

“Abogado Defensor”, un cuento de Ephraim Kishon

Recordamos a Ephraim Kishon con su cuento “Abogado defensor”.

El 23 de agosto de 1924 nació en Budapest Ephraim Kishon, uno de los más importantes escritores contemporáneos de Israel (a donde emigró en 1949, tras sobrevivir a varios campos de concentración durante la ocupación nazi de Europa). Recordado por sus aportes en la cultura y la sociedad, además de su trabajo cinematográfico y literario, Ephraim Kishon dejó un legado fantástico.

Hoy, para conmemorarlo en su natalicio 96, te compartimos Abogado defensor, un cuento incluido en la antología Arca de Noé, de la colección “Raíces”, un título que, esperamos, podrás venir a consultar a nuestra sede tan pronto como las circunstancias relativas a la pandemia así lo permitan.

Mientras tanto, esperamos que disfrutes de la lectura de este divertido cuento.

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Abogado defensor

Una noche de la semana pasada, estando ya próximo el amanecer, hizo su aparición un policía en el umbral de mi domicilio y me entregó una citación: debía presentarme en la comisaría al día siguiente a las ocho de la mañana. Mi mujercita le echó una mirada al papelito y se puso pálida. No se trataba de que hubiese algún motivo de alarma, claro que no, pero…

-¿Por qué te citan con tanta urgencia? –preguntó mi esposa, intrigada-. ¿Te metiste en líos con la justicia?

-¿Yo? –exclamé-. ¡No seas ridícula!

Mi mujer me dirigió una mirada oblicua.

-De todos modos –me incitó-, no vayas solo. Lleva un abogado.

-¿Para qué?

-No sé para qué. Sencillamente quiero que alguien esté allá contigo por si te metes en líos.

Por primera vez en su vida empleaba mi mujer la expresión “por si” y esto me desmoralizó por completo. Más tarde llamé a Shay-Sheinkrager, el destacado jurista que tiene fama de ser uno de los mejores cerebros del Estado. Shay-Sheinkrager escuchó los detalles de mi caso, meditó un momento, y anunció en seguida que estaba dispuesto a hacerse cargo de mi defensa. Me sentí muy aliviado. Firmé los papeles necesarios, que entraron en vigor inmediatamente.

A la mañana siguiente me despedí de mi esposa con un poco de aprensión y, acompañado por el abogado, fui a la comisaría. Nos recibió el agente de la guardia, un joven de grandes bigotazos. Cuando Shay-Sheinkrager le entregó la citación, el policía metió la mano en un cajón de su escritorio y sacó mi portafolios, que yo había perdido algunos meses atrás.

-Encontramos su portafolios, señor –anunció el policía, sonriendo seductoramente-. Puede llevárselo.

-Muchas gracias –le dije al agente-. Ha sido muy amable…

Tomé entonces el portafolios vagabundo y me dispuse a partir de muy buen humor. Pero no ocurrió lo mismo con el abogado.

-Muy emocionante –comentó-. ¿Me permite preguntar, señor agente de guardia, qué lo hace sentirse tan seguro de que este es el portafolios de mi cliente?

-¡Vaya pregunta! –respondió sonriendo el interpelado-. Encontramos en su interior una factura del lavadero, con el nombre y dirección del señor.

-Mi estimado amigo- contraatacó mi abogado-, ¿no se le ocurrió pensar que el portafolios podría ser de propiedad del lavadero?

-Pero es mío –le aseguré al abogado-. Yo lo reconocí en seguida por la mancha de “yogurt” que tiene sobre el costado…

-Tenga la bondad de no inmiscuirse en esto –me interrumpió Shay-Sheinkrager con tono cortés pero firme-. Señor agente de guardia, ¡le solicito que redacte un informe!

-¿Qué informe? ¡Tomen ese portafolios y desaparezcan!

-Sinceramente, ¿qué tenemos que seguir haciendo aquí? –lo apoyé.

Mi abogado retrocedió unos pasos y se quedó mirando por un rato por la ventana, por fin giró sobre sus talones y nos espetó:

-¡Yo les diré, caballeros, qué es lo que tenemos que seguir haciendo aquí! ¿No les parece que deberíamos ver qué hay adentro del portafolios?

Silencio. ¡Qué tonto había sido al no pensar en eso! Ahí era donde entraba en juego la perspicacia del abogado.

-¡Uf! –suspiró el policía, y se dispuso a abrir el portafolios-. ¿Qué problema hay en eso?

-¡No! –restalló la voz de mi abogado-. ¡Protesto! ¡Exijo que la prueba sea abierta en presencia de un testigo oficial!

El policía se retorció nerviosamente el bigote y fue a buscar a su sargento. Los dos tenían la cara roja cuando volvieron.

-Señor –me dijo el abogado-, ahora tenga la bondad de preparar una lista detallada de los objetos que, a su leal saber y entender, se encuentran dentro del porfolios en cuestión.

Lo haría con mucho gusto –respondí-. Pero no lo recuerdo.

-Entonces no se puede hacer nada –manifestó el sargento, y se dispuso a abrir la prueba.

Pero mi abogado lo interrumpió.

-¡Si bien es cierto que mi cliente afirma no recordar qué es lo que hay dentro del portafolios –dijo-, esto no significa que reconozca la completa ausencia de objetos de valor en el momento del extravío!

Los policías nos miraron con el ceño fruncido. S-S me condujo a un costado de la sala.

-¡Por favor, no diga una sola palabra sin consultar antes conmigo! ¡Deje que yo maneje esto!

A continuación, recitó el texto del acta, con términos legales secos pero lúcidos.

-De acuerdo con la declaración de mi cliente, y sin poner en tela de juicio sus derechos como único propietario legal del objeto hallado, se cree incapacitado, por un lapsus de su memoria, para testificar al efecto de que este portafolios, que en la fecha de la firma está depositado en la presente comisaría, cuyo representante admite que a su leal saber y entender el portafolios adjunto constituye la propiedad de mi cliente, y el cual objeto fue hallado hace varios días…

-Un momento –lo interrumpió el sargento, y llamó a su superior del cuarto vecino. Este funcionario apareció de evidente mal humor, pero antes de que pudiese pronunciar una palabra, Shay-Sheinkrager se presentó y reclamó un trato justo en este lamentable conflicto. La atmósfera estaba cargada de excitación.

-Señor -dijo mi abogado-, tengo el deber de informarle que a partir de este momento, cualquier cosa que usted manifieste podrá ser utilizada contra usted en el juicio.

Le pregunté si sería necesario que prestase juramento, pero S-S me aseguró que todavía no habíamos llegado a ese punto. Iniciamos el acta y S-S anunció solemnemente:

-Mi cliente ya no se opone a la apertura del portafolios.

El oficial metió la mano en el portafolios y sacó un lápiz.

-Señor -manifestó el abogado, marcando bien cada sílaba-, ¿este es su lápiz?

Yo lo miré. Era pequeño y estaba en pésimas condiciones de uso. Era un lápiz muy vulgar.

-¿Cómo puedo saberlo? -pregunté-. No lo recuerdo…

En los ojos de S-S se encendió el fuego sagrado.

-Caballeros -exclamó-, no perdamos la cabeza. ¿Está seguro, señor, de que no puede recordar si esta prueba ha salido de entre sus implementos de escritura?

-Le dije que no.

-Entonces reclamo que el Jefe de Distrito de la Policía sea notificado inmediatamente.

-¿El Jefe de Distrito? -estalló el oficial-. ¿Para qué, santo cielo?

-¡Señor! Si el “honesto ciudadano” que halló el portafolios colocó un lápiz en su interior, nada impide que también haya sacado de él otros objetos.

El jefe de Distrito llegó parpadeando con impaciencia.

-¿Qué sucede? -preguntó-. ¡Oh, no, no puede ser usted otra vez, Shay-Sheinkrager!

Mi abogado se paseó durante un rato de un extremo a otro de la habitación; finalmente se detuvo frente al Jefe de Distrito y manifestó, con voz cargada de emoción:

-En nombre de mi cliente, presento demanda contra la persona que halló el portafolios extraviado, y lo acuso de los siguientes delitos: a) Uso ilícito de nuestros bienes personales; b) Remoción de los mismos del portafolios de nuestra propiedad.

-Un momento -gruñó el Jefe de Distrito-. ¿Está insinuando que aquí hubo un robo?

-Si tiene tanto interés en saberlo, ¡así es! Mi cliente afirma con razonable certidumbre y sin que quede asomo de duda, que se ha producido un hurto imposible de determinar.

-Muy bien -suspiró el Jefe de Distrito-. ¿Quién halló este portafolios?

El sargento hurgó entre los papeles.

-Lo encontró el agente de recorrida.

El Jefe de Distrito se volvió hacia mí.

-¿Señor, usted acusa de robo a una policía?

-¡No le conteste! -exclamó S-S incorporándose de un salto-. ¡No diga una palabra! Quieren su pellejo, ¡yo conozco sus triquiñuelas! Señor -continuó, volviéndose hacia el Jefe de Distrito-, nada tenemos que agregar a lo que hemos manifestado, y sólo declararemos ante una corte debidamente integrada.

-¡Como más le guste! -dijo el Jefe de Distrito-. ¿Supongo que se dará cuenta de que está injuriando a un funcionario público?

-¡Protesto! -rugió S-S-. ¡Esto es chantaje!

-¡Oh! -rugió a su vez el Jefe de Distrito-. ¿Así que insulta a un policía uniformado en función oficial? ¡Sección 18 del Código del Crimen!

-¡Protesto! ¡Recurro al Apéndice 47 de la Ley para la Protección de los Derechos del Policía tal como fue publicado en el número 317 de la Gaceta Oficial!

-Dejaremos la decisión en manos del tribunal -respondió el Jefe de Distrito, y se volvió hacia mí-. Sea como fuere, señor, usted queda detenido.

Mi abogado me acompañó hasta la puerta de la celda.

-No se preocupe -me tranquilizó-. No pueden hacerle nada. No tienen ningún material incriminatorio contra usted. Vamos a probar la culpabilidad del policía. Pediremos una order nisi contra el Ministro de Policía. Que venga él y explique por qué no fue arrestado el “honesto autor del hallazgo”. Le deseo que duerma bien. Yo telefonearé a su esposa.

Lo estreché la mano calurosamente. El mejor amigo del detenido solitario es su abogado. Sólo entonces comprendí lo afortunado que era teniendo un letrado tan brillante. Estoy seguro de que me sacará bajo fianza.

-Fin.

Referencia.

Kishon E., (1988), Arca de Noe. Clase Turista, Buenos Aires, Milá, p. 111-116.

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